Puede haber muchas formas de acercarse a la Opera.
Cuando se nace en estos ambientes tropicales, estrato tres, Mazamorra, Sandi a dos pesos y en tu familia y en tu barrio resultó que era lo mismo una Zarzuela que un Aria, lo mismo Beethoven que Pergolesi, lo mismo un crescendo que un diminuendo; cuando la palabra contratenor se confundía con la de contenedor, Barroco con don Rocco, un allegro era asimilado como una marcha fúnebre, o los únicos villancicos posibles era “Tu Taina Tu Tu Ru Maina”, que uno se encuentre con la opera y peor, que le guste, puede parecer una vaina rara, como cuando se decide estudiar cocina japonesa o una chica no quiere tener hijos.
Pues sí, por esos asuntos de la vida y la globalización, pase de escuchar de niño a Noel Petro y Pastor López a Anthrax y Napalm Death de joven, para ahora, entre muchos gustos repartidos, tener un especial gusto por la música clásica y en especial por la Opera.
De cómo llegue a ello es una historia para nada larga:
En Metal me gustaban las voces protagonistas (se tratara de Kiske en Helloween, Matos en Angra, Halford de Judas Priest (voces altas) hasta las carrasposas y guturales como la de Lee Dorrian de Napalm, el finadito Schuldiner de Death o Cavalera de Sepultura); un par de películas: El maestro de música, Carmen de Rossi y Farinelli; una canción Pop “Rock me Amadeus” de los austriacos Falco (nada que ver con lo clásico); Un estudio de Kierkegaard sobre Don Juan; darme cuenta que lo único que me gustaba de la Semana Santa era la música ponían en las emisoras por esos días; un par de profesores que abrieron desinteresados sus conocimientos y discografía y mi primera novia que era violinista y ahora es ingeniera (¡lastima!). De seguro otras muchas cosas me llevaron a este descubrimiento pero no las recuerdo ahora.
Sin embargo una mujer fue la culpable que decidiera asentarme gustoso y fiel en esta pasión que me acompaña y me estremece: Ana Netrebko.
Ana también se llama mi mamá a quien no le agrada la Opera (aunque se vio Carmen de muy buena gana) pero que sí me enseñó desde niño a cultivar un gusto por la música (así fuera Rafael, Nino Bravo, Sandro, Rocío Durcal ¡que cantantes todos!) y la radio (desde los cinco años no pasa un día en el que no escuche noticias).
Pero Anna es Netrebko. ¡Vaya ser humano!, y no se queda en el hecho de ser tremenda belleza (no es la Kurnikova de la música). Claro que no. Ya me gustaban las cantantes. Había pasado por Su Merced María Callas, por Monserrat Caballe, por María de los Ángeles (la primera que escuche en un viejo casete), por la abundante Cecilia Bartoli (me recuerda a Paprika), Johanette Zomer, Dorotea Röschmann, la catalana Monserrat Figueras, Kiri Te Kanawa, Emma Kikby y la inolvidable Jessye Norman. De seguro hay muchas más igual de famosas que no conozco pues soy apenas un aprendiz.
Pero con Anita es otra cosa y es evidente. Con Ana la opera se vuelve no sólo un gusto estético, también un deleite erótico. Con ella la opera adquiere una dimensión adolescente y afrodisiaca. Es cierto que muchos se rindieron y se rinden ante las Callas, pero la Netrebko es de la generación del video, de You Tube, de las descargas y los fanatismos privados.
Y es que Anna no es un ángel. Es políticamente incorrecta: es rusa, depresiva, compra lencería lujosa (No me extrañaría que se vistiera de pieles) y se divierte soltando tiros al aire (colombianos y rusos tenemos vainas similares). Dicen igualmente que ella ha estetizado la opera y ha hecho que figuras como Monserrat Caballe vayan al quirófano. Pero no es culpa de la rusita ser tan agraciada (limpiar pisos desarrolla brazos y vientre), y bueno, si fuera cualquier cantante de pacotilla vaya y venga, pero Netrebko es tan impecable en su interpretación que está haciendo… óiganlo bien… está haciendo que el mito de la opera del siglo XX (aún estamos en el XX así marque XXI) ya no sea sólo María Callas.
Además toda diva es loca y encantadora (la misma Callas, Madonna, Billie Holliday, Edith Piaf, Janis Joplin, Ella Fitzgerald, PJ Harvey, Bjork…). Dejemos de buscar perfección idealizada a toda hora, los ángeles están en el cielo y a Cristo lo mataron).
Incluso Anna dice que le gusta Putin, es decir que si fuera colombiana sería uribista. ¡Ven que no hay perfección!
Ana es actuación y seducción. Con ella la opera logra su sentido primario: conmover hasta el paroxismo. Ana puede ser todas las divas, pues ya las heroínas de las obras de Verdi y Puccini no se encarnan en mujeres poco seductoras a la hora de la representación. La opera ha entrado en la prioridad de la imagen.
Y es que si alguna vez va a ver un apocalipsis certero (y no a cuentagotas como lo vivimos desde hace cuatro mil años) yo creo que el canto épico que se escuchará y que contará acerca de las miserias y las grandezas de esta historia terrenal, tal larga pero a veces tan simple, estará interpretada nada más y nada menos por Anna Netrebko. (un super video beam para que su imagen se proyecte en el cielo).
http://www.jornada.unam.mx/2007/02/28/index.php?section=cultura&article=a05n1cul
http://www.todo-es-muy-raro.balearweb.net/post/42123
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/348/1148665856.html

